Critica a Roberto Cavada

¿Dónde quedó el Roberto Cavada que admirábamos?

Hay momentos en los que uno se pregunta seriamente: ¿dónde quedó el periodismo directo, incómodo, incisivo y, sobre todo, objetivo? Porque entrevistar a un jefe de Estado no es lo mismo que entrevistar a un artista o a un empresario. Cuando se tiene frente a un gobernante cuya gestión ha sido ampliamente cuestionada dentro y fuera de su país, el periodista tiene la responsabilidad de hacer las preguntas que millones de personas no pueden hacer.

Después de ver la entrevista de Roberto Cavada al presidente cubano Miguel Díaz-Canel, la sensación que me quedó fue de una enorme decepción. Y no soy el único. Basta con entrar a las redes sociales para encontrar miles de comentarios preguntando exactamente lo mismo: ¿dónde quedó el Roberto Cavada que no le temía a las preguntas difíciles?

Durante años muchos admiramos su carrera porque parecía un periodista dispuesto a incomodar al poder cuando era necesario. Por eso las expectativas eran tan altas. No era una entrevista cualquiera. Era una oportunidad para cuestionar directamente a quien encabeza un gobierno señalado por organismos internacionales y por miles de ciudadanos cubanos por la crisis económica, la falta de libertades y el deterioro de la calidad de vida en la isla.

Pero esa oportunidad terminó convirtiéndose en una conversación que, para muchos, dejó más respuestas pendientes que preguntas relevantes.

¿Dónde estuvieron las preguntas sobre los apagones que afectan durante horas e incluso días a numerosas comunidades? ¿Dónde estuvo el cuestionamiento sobre la escasez de alimentos y medicamentos? ¿Dónde estuvo la pregunta sobre por qué para tantos cubanos comer carne de pollo se ha convertido en un lujo y no en algo cotidiano? ¿Dónde estuvieron las preguntas sobre los miles de cubanos que han decidido abandonar su país en los últimos años buscando oportunidades que sienten que no encuentran en su propia tierra?

Eso era lo que mucha gente esperaba escuchar.

No se trataba de faltar al respeto ni de convertir la entrevista en un espectáculo. Se trataba de hacer periodismo. Del periodismo que incomoda, del que exige respuestas, del que no se conforma con discursos preparados ni con respuestas políticas cuidadosamente ensayadas.

Muchos, incluyéndome, pensábamos que Cavada iba a adoptar un estilo similar al de Jorge Ramos, quien construyó buena parte de su prestigio enfrentando con preguntas incómodas a presidentes, dictadores y líderes autoritarios. No porque buscara el conflicto por el conflicto, sino porque entendía que cuando el entrevistado concentra tanto poder, la obligación del periodista también aumenta.

Lamentablemente, esta entrevista dio la impresión de que esa esencia se perdió. En lugar de un periodista cuestionando al poder, muchos vimos a un entrevistador que dejó pasar oportunidades únicas para obtener respuestas sobre temas que afectan la vida diaria de millones de personas.

Quizá la mayor decepción es que esa oportunidad no volverá. No todos los días un periodista tiene frente a frente al presidente de Cuba. Ese espacio pudo haber quedado para la historia como una entrevista recordada por sus preguntas incómodas, por poner sobre la mesa las preocupaciones reales de los cubanos y por representar a quienes no tienen voz. En cambio, terminó siendo una entrevista que muchos recordarán precisamente por lo que le faltó.

El prestigio de un periodista no se construye por conseguir una entrevista exclusiva; eso solo abre la puerta. El verdadero prestigio se gana con las preguntas que decide hacer y, sobre todo, con las que decide no callar.

Porque el periodismo no existe para hacer sentir cómodo al poder. Existe para fiscalizarlo. Y cuando el periodista renuncia a esa función, la entrevista deja de ser una oportunidad para la sociedad y se convierte en una oportunidad perdida.

Ese día no extrañé al entrevistado. Extrañé al periodista que creía que estaba detrás del micrófono.

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